NO

 

      No ocurre como dicen que pasa. A veces miramos el horizonte y creemos ver una nube de humo a lo lejos. En realidad, no vemos nada, sólo el fin de nuestra percepción, que se ennegrece con la distancia. Se pone oscuro o se enturbia, según el caso, la hora del día o la posición del sol. Una serie de variables hace que la vista se distraiga con detalles falsos, aunque sepamos que el horizonte es otro lugar desde donde, tal vez, alguien nos mira. Desde allí, ese otro alguien ve un horizonte que es el nuestro. Es una transposición de imágenes tardías, lo que puedo ver ya ocurrió, no importa si fue hace un segundo o menos. Recuerdo que, cuando era chico, mi padre me explicó que las estrellas que vemos tal vez no existan. Desde entonces, cada vez que observo el cielo, tengo la misma sensación, pero sin la bruma alrededor.

      Nada es igual cada vez. Aunque la fatalidad me haga creer que todo se repite, prefiero inferir un presente quieto y amable antes que admitir que las consecuencias de cualquier existencia son impredecibles, o, en todo caso, sorprendentes. Cada acción que llevo a cabo tiene dos aristas bien definidas: la sorpresa inefable que roe los cimientos de la seguridad y el corolario que inaugura otro movimiento cósmico.

      Nunca he reflexionado sobre lo que ocurrió durante la noche anterior al desierto, cuando el viento arrastraba granos de arena contra mi cara. Tampoco me interesó hacerlo. Preferí suponer una conclusión más adecuada a mis necesidades inmediatas y a mi confianza. Sin embargo, después comprendí que despreciar las vicisitudes no resultó en ningún beneficio, sobre todo cuando supe que los resultados no serían los adecuados.

      Nadie comprobó mi historia y, por lo tanto, nadie supo del día durante la noche. Intenté decirles —sin temor a equivocarme— que el único fin de la búsqueda era alcanzar un silencio interior, ese lugar donde las calamidades no se acercan ni me atormentan. Aun así, al esperar aquellas palabras, me vi obligado a analizar y luego a internalizar cada argumento.

      Ninguno de los que me acompañaban aquella noche pudo descubrir el íntimo valor de la oscuridad ni el impacto emocional, psíquico, ambiental, terrenal que se alzó detrás de lo que vendría. Era sabido que las migajas de aquello que ocurrió sólo eran visibles en esos horizontes que muchos prefirieron ignorar desde un principio, para luego deformarlos a su antojo.

      Ignorar el cierre predilecto de los devenires lejanos —allá donde la vista se pierde— sería como emancipar las partidas ignominiosas de aquellos monstruos ancestrales envueltos en antiguas capas de mentiras y farsas.

      Ni siquiera pudieron comprender la estrategia resultante de aquellos movimientos intrínsecos, casi anecdóticos. Porque, si encontraron paz donde no la había, habría sido preferible mostrarse más comprensivos, más empáticos, con la única luz que lograron mantener con vida.

      No fue la ausencia de claridad; nada podría igualarla. Nunca sería tan viejo como para enmudecer a las águilas del sueño. Nadie es como creen los artistas de la sal. Ninguno podrá siquiera acercarse a la verdad. Ignorar las causas no los hace mejores, ni siquiera cuando callen.

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